Mi Londres, aquel Londres


Han pasado quince años desde que cogí la maleta y, con mi inglés provinciano de aprobado raspado, me largué a Londres. Utilizo el verbo largar con intención, porque aquello no fue un viaje. Fue un “estoy hasta aquí”, un “me largo” y un portazo. Quince años después es probable que mis recuerdos estén distorsionados por el paso del tiempo. Dejaré que mi memoria me traicione para dibujar mi Londres, aquel Londres.

No tengo intenciones de hacer una guía turística de Londres. No hablaré aquí del Big Ben, de Westminster, ni Trafalgar Square. No subiré al London Eye, ni presenciaré el tedioso cambio de guardia de Bukingham Palace. No visitaré el British Museum, la Catedral de San Pablo, ni el Tower Bridge. No contemplaré los rascacielos de la City, ni los neones de Piccadilly Circus. Ese no es mi Londres.

Llegué a la estación de Brixton con la dirección escrita en un papel. Los dos primeros cabs no quisieron recogerme  por algún motivo que no entendí. Empezaba a ponerme nervioso porque estaba anocheciendo en un lugar muy extraño para mí. Aquel barrio estaba muy alejado de la idea que yo tenía de Londres. Era un barrio muy bullicioso, donde se mezclaban raperos, rastafaris y predicadores callejeros. Había un mercado callejero que estaban recogiendo, denso tráfico de coches, autobuses y cabs, música a gran volumen saliendo de casas y comercios. No me había informado previamente sobre Brixton, no sabía nada de aquel lugar. Tenía la sensación de haber ido a parar al Bronx. Por fin, un taxista accedió a llevarme, aunque no tenía clara la dirección. Tuvo que consultar varias veces su callejero hasta que por fin aterricé en lo que sería mi hogar durante el siguiente año.


En torno a Brixton Station se extiende un barrio marcado por su carácter racial. Aquí llegaron a mediados del siglo pasado inmigrantes procedentes de colonias británicas, principalmente caribeñas. En los 80 fue escenario de huelgas y disturbios desencadenados por abusos policiales hacia la comunidad negra. Aquellos acontecimientos motivaron que Brixton se convirtiera con el paso de los años en centro neurálgico de reivindicaciones y movimientos sociales y culturales afro-caribeños. Esto atrajo, ya en el siglo XXI, a jóvenes blancos con inquietudes sociales y artísticas en búsqueda de ambientes alternativos. Es cierto que es un barrio con problemas de pobreza y drogas, pero también es un barrio activo, con una interesante vida social, comercial y nocturna.

En las callejuelas que rodean la estación se desarrolla todos los días un bullicioso mercado donde se pueden encontrar productos frescos, cosa no muy habitual en los supermercados londinenses, donde la mayoría de la comida está precocinada y empaquetada. Pequeños puestos de comida ofertan platos típicos de otros lares. Junto a las grandes cadenas de moda que se pueden encontrar por cualquier punto de Londres, otros locales más pequeños exponen colorida ropa étnica. Típicos pubs británicos se mezclan con locales más alternativos. Recuerdo, no sé si seguirán existiendo, el Dogstar y el Lounge en la calle aledaña al mercado y el Fridge en frente de la iglesia. Haciendo esquina con Brixton Hill, el cine Ritzy, cuya cafetería solía frecuentar para comer pizzas con nombres de películas clásicas sentado en la terracita si el tiempo lo permitía. No recuerdo el nombre de un pub un poco más alejado, ya en dirección a Clapham, con un patio interior donde nos daban las horas entre pinta y pinta.



Para llegar a mi casa debía subir por Brixton Hill, casi hasta llegar al barrio de Streatham. Un paseo largo, que habitualmente hacía en autobús, pero que en ocasiones lo recorría andando. Se podía transcurrir casi por entero a través de un parque alargado, que seguía el curso de la carretera y que creo recordar que se llamaba The wild side, en honor a la canción de Lou Reed. Así que podía caminar por el lado salvaje de la vida rumbo a casa. No era raro encontrar ardillas y zorros en esta zona. Casi al final de Brixton Hill había otro local donde solían tocar grupos locales de reggae.

A estas alturas, el centro de Londres queda muy lejos. Para dirigirte hacia él había que tomar la dirección contraria, a través de Brixton Road, por donde seguían circulando algunos de aquellos viejos autobuses rojos de dos plantas a los que se accedía por la parte trasera. En uno de ellos habitaba un revisor negro que cantaba con una voz que parecía recién llegada del Mississippi.

La música está presente en cada rincón de Brixton. Reggae, R&B, hip-hop, incluso góspel.  No lejos de mi casa había una iglesia a la que cada domingo acudían a entonar  esos cánticos religiosos mujeres engalanadas con coloridas vestimentas africanas. La religión también está muy presente en el barrio. En un radio de unos 500 metros en torno a mi casa había cuatro iglesias de cuatro orientaciones cristianas diferentes. Una de ellas de noche resultaba tétrica, pues tenía una cruz de luces rojas sobre un edificio sin apenas iluminación y franqueado por árboles. No muy lejos de ella había una mezquita y en torno al mercadillo de Bixton Station un predicador callejero se paseaba calle arriba, calle abajo, con una Biblia en la mano anunciando a grito pelado proclamas sobre la salvación.

El barrio de al lado, Clapham, tiene una aire más juvenil. Lo preside un enorme parque (enorme para los cánones de las ciudades españoles, no para Londres) donde los fines de semana se juntan cientos de personas para practicar deporte, futbol principalmente. Es también un barrio con un buen ambiente nocturno, por la cantidad de restaurantes, pubs y clubes que hay a lo largo de su calle principal.




Este era el entorno donde vivía, pero mi Londres particular incluye también el barrio donde trabajaba. High Street Kensintong me pillaba a una hora de casa. Es esta una zona muy diferente, de clase media-alta anglosajona. No quedaban lejos barrios de postín como Chelsea, Notting Hill o Knightsbrige, donde están los famosos almacenes Harrods. Nunca me dio por entrar en ellos, a pesar de tenerlos cerca del trabajo. Sí atravesé, en cambio, más de una vez paseando Hide Park, remanso de paz en mitad del bullicioso centro de Londres. Dentro del parque consigues olvidar el tráfico y las prisas.


Del Londres turístico, el que se puede encontrar en cualquier guía, también se puede disfrutar cuando vives. Una visita a Camdem, un café en Convent Garden o un paseo por la ribera del Támesis de vez en cuando también apetecen. Aunque ese no es tu día a día. El Londres que queda en la memoria no tiene vistas panorámicas, sino pequeños rincones. El Londres cotidiano transcurre en un vagón de metro ruidoso y atestado. Huele a la comida especiada de un puesto callejero de comida rápida. Sabe a una pinta de cerveza junto a una mesa de billar. Suena a los Beatles y The Clash. Habla un inglés con acento de cualquier lugar.

Edimburgo y las tierras altas de Escocia


A un lado, la silla de Arturo. Al otro, el castillo. Y en medio la ciudad vieja de Edimburgo.

Llegué un viernes de septiembre por la noche. La ciudad bullía de estudiantes con ganas de jarana en los primeros compases del curso. Me costó encontrar un lugar para cenar, tal era el bullicio del centro. Me gustó el ambiente con el que me recibió  la ciudad, pero no el que tuviera que recluirme en una triste pizzería para llevarme algo a la boca, porque le los pubs y restaurantes no había hueco. Por ello, y por el cansancio del viaje, decidí retirarme pronto al albergue. No sé si aún tengo edad para estar a gusto en este tipo de alojamientos, pero no estuvo tan mal: Jóvenes y no tanto (entre los que, ay, debo incluirme) de toda Europa se reunían en la sala de estar, charlaban, reían, jugaban al billar, tocaban la guitarra… Me llevé un libro que ni me molesté en abrir y una lata de cerveza. No hablé con nadie, pero pasé un buen rato mirando a mi alrededor, dejando que el cansancio y el sueño me vencieran.
Por la mañana no había abierto aún la boca, tampoco lo hice la noche anterior, y ya me saludaron en español. Será mi corta estatura, mis ojos marrones, mi pelo castaño o que lo llevo escrito en la frente, el caso es que conmigo no hay confusión sobre mi procedencia. Así pues, el café me lo tomé en compañía de una chica catalana que trabajaba allí.

Tras unos minutos de charla comencé mi andadura. Por delante tenía dos días de patearme una ciudad monumental, con aire moderno y medieval y que, por mucho que le duela a algunos escoceses, me recordaba a la Inglaterra que viví hace ya algunos años (nota mental: escribir un artículo sobre Londres, mi Londres).

La ciudad vieja de Edimburgo se desarrolla en torno al eje que forman dos atalayas: el castillo y Holyrood Park, un parque con senderos coronado por Arthur’s Seat, una colina desde la que se atisba el puerto junto a la ría. En frente hay un tercer promontorio, Calton Hill, que formaría un triángulo con los dos anteriores y que está coronado por un monumento que evoca a un templo greco-romano.  En el centro de estas tres colinas queda una vaguada que parece dividir el pasado y el presente de la ciudad. A un lado, un diseño laberíntico de calles estrechas propio de un pueblo medieval. Al otro, una cuadrícula con amplias avenidas características de una gran ciudad moderna.

Edimburgo tiene un extraño colorido que no parece corresponderse con una ciudad que vive casi permanentemente bajo un cielo encapotado. El gris celeste combina con las tonalidades oscuras de la piedra de sus edificios, el marrón pulido de la roca sobre la que se alza el castillo y el intenso verde de sus parques. De noche la tenue iluminación de sus calles le confiere un cierto atractivo fantasmal.

Dos días bien aprovechados son suficientes para visitar los lugares más turísticos de la ciudad. No entraré en detalles de las visitas, pues esto no pretende ser una guía, sino una colección de recuerdos e impresiones.
Recuerdo, por ejemplo, que disfruté de un buen café en el Museo Nacional de Escocia mientras observaba el ajetreo de visitantes que entraban y salían de las múltiples salas de este singular edificio. 
Recuerdo que pasé de largo la estatua del perrito que está a la puerta del cementerio de Greyfriars, pero disfruté del paseo entre las tumbas. Los cementerios de otros países son más cálidos que los españoles. Son parques con grandes árboles centenarios donde sólo los pájaros se atreven a romper el silencio. Nada que ver con la especulación urbanística y el frío cemento que domina los nuestros.
Recuerdo también lo que me costó acabarme el haggis, plato tradicional escocés hecho a base de tripas de cordero. Con su pan se lo coman.


Y al final, la impresión que me quedó es que Edimburgo es una ciudad agradable no sólo para visitarla. Aquí se debe vivir bien, aunque los inviernos sean largos, oscuros y húmedos. Pero era septiembre y no tenía intenciones de quedarme tanto tiempo para comprobarlo.

Mi siguiente parada fue Sant Andrews, bonito pueblo costero, cuna del golf, con unas ruinas interesantes y larga playa sin hoteles ni apartamentos que molesten a la vista. Pero el pueblo no da mucho más de sí. Se visita en un día y yo cometí el error de quedarme dos. Afortunadamente, el tiempo acompañó y pude disfrutar de largos paseos por esa playa, que bordea los campos de golf hasta llegar a un estuario donde en primavera, supongo, se pueden avistar una gran cantidad de aves. Sant Andrews es un pueblo para paladearlo, pasear con calma por entre sus ruinas y contemplar la puesta de sol frente al mar. 

Me estropeó la estancia el restaurante donde cené, que tardó una hora en servirme porque mi comanda se extravió y cuando me quejé me mandaron de nuevo al final de la cola. Me habría ido con gusto, pero el pago se hacía por adelantado y no me apetecía regalarles ese dinero. Así que no me quedó otra que asumirlo y esperar.
Continué mi rumbo hacia el norte, hacia las tierras altas. Uno de los recuerdos que me quedó de mi estancia en Escocia fueron los paisajes que contemplé desde la ventanilla del tren que me llevaba rumbo a Inverness, capital de Highland. La línea bordea el parque natural de Cairngorms. Praderas encharcadas y colinas de escasos árboles y mucho pasto para alimento de las miles de ovejas que jalonan los campos. Y entre ovejas y charcos, decenas de pequeños riachuelos, hilos de agua límpida y, en apariencia, muy fría. No pude comprobarlo desde el tren.

Inverness me pareció una ciudad algo desangelada. El centro comercial de la ciudad no es muy grande y una vez que cierran los comercios las calles se vacían. Ni siquiera en los pubs se encontraba algo de animación. De su herencia vikinga queda un pequeño museo que apenas da para pasar un rato. A lo largo del río que la atraviesa se concentra la parte más atractiva de la ciudad, tanto por las edificaciones como por el propio río, una delicia para pescadores y para caminantes. Paseando por su ribera puedes adentrarte en la isla Ness, un parque urbano en el que pierdes de vista la ciudad, tal es su frondosidad. El tamaño de algunos de los árboles que en él se encuentran es realmente llamativo.

A la actividad pesquera, Inverness suma el atractivo turístico de los parajes que la rodean y, por supuesto, a la fama del próximo lago Ness. El monstruo no me molesté en buscarlo. Estoy casi convencido de que no existe. Pero, sin duda, merece la pena acercarse para disfrutar de las vistas y el entorno.

Me quedan pendientes para una próxima visita a Escocia sus islas, pero no tenía tiempo para más. Queda también pendiente probarme un kilt, aunque creo que puedo pasar sin eso.



Calzada romana desde Cercedilla hasta el puerto de la Fuenfría

Existe una confusión generalizada en la sierra de Madrid respecto a una calzada romana que une Cercedilla con el puerto de la Fuenfría: la calzada no es ese camino de losetas que hace un recorrido similar al sendero que sí diseñaron los romanos. Ese otro camino es una senda borbónica que data del siglo XVIII. Hay carteles explicativos pero, o bien la gente no lee o bien en el imaginario colectivo está tan implantado el hecho de que las calzadas romanas tienen esa estructura pedregosa y enlosada que parece que los caminantes no aceptan que la que diseñaron los romanos es el sendero.

Ambos caminos unen los mismos puntos y siguen un recorrido similar, si bien el borbónico es más empinado. Los romanos tuvieron cuidado de no superar en ningún momento el diez por ciento de desnivel. Siglos más tarde, aunque los sistemas de locomoción seguían siendo básicamente los mismos, el desnivel no pareció importar tanto y optaron por un camino más recto.

El resultado es que ahora parecen formar una trenza de tantas veces que se entrecruzan. Se pueden hacer ambas rutas y se disfruta igualmente de los paisajes y los bosques de esta zona de la sierra madrileña, pero personalmente recomiendo seguir el sendero, ya que es más cómodo para caminar.

La ruta no entraña ningún tipo de dificultad. Parte de los aparcamientos de Majavilán, a unos dos kilómetros de Cercedilla y es perfectamente adecuado y atractivo para cualquiera que se esté iniciando en el senderismo. Tiene una longitud aproximada de cuatro kilómetros y un desnivel de algo más de 400 metros. El sendero está bien señalizado y admite variantes, pues se va cruzando con otras rutas, -la  más conocida y transitada de ellas es el Camino Schmid-. El único punto de posible confusión se encuentra casi al principio del recorrido: al llegar a un portón el camino correcto sale a la derecha, mientras que si se sigue de frente se está optando por el camino borbónico, cayendo en la confusión mencionada.

Al llegar al puerto de la Fuenfría podemos optar por alargar el recorrido y subir, por ejemplo, el cerro Minguete y desde ahí continuar hasta el Montón de Trigo o crestear hasta la Peña Bercial. Otra opción es seguir por el Camino Schmid hasta llegar al puerto de Navacerrada o bajar por el GR-10 hasta llegar a Camorritos.

En definitiva, se trata de un sendero muy interesante y que puede dar mucho juego, permitiéndonos disfrutar de todo el valle de la Fuenfría y de unas buenas vistas de la sierra de Guadarrama.


Ruta del Cares

La senda del Cares, entre Poncebos y Caín, en el corazón de los Picos de Europa, es una ruta tan conocida que poco hay que explicar. Quien no la conozca no tiene más que ver las fotos para comprender por qué es tan famosa. Existen empresas que te llevan en coche de un lado a otro para que puedas regresar al punto de partida, donde supuestamente has dejado aparcado el coche, pero en mi opinión no merece la pena. Se puede hacer ida y vuelta, con una parada para reponer fuerzas en cualquiera de los restaurantes que están en los extremos de la ruta. Son once kilómetros, por lo que aquellos que estén acostumbrados al senderismo no tendrán problema en regresar por el mismo camino. Además, no entraña ninguna dificultad. Hay un tramo empinado en el lado de Poncebos, pero apenas llega al kilómetro. Así que no me enrollo más. Disfruten de las fantásticas imágenes de esta ruta.









Sierra de Cazorla: Cerrada de Elías – Nacimiento del río Borosa

Una de las rutas más conocidas y más frecuentadas de la sierra de Cazorla, que realmente merece la pena. Ida y vuelta suman 22 kilómetros y un desnivel acumulado de más de 1.500 metros, por lo que conviene tomárselo con calma, si bien no es un trayecto que presente grandes dificultades.

La ruta parte junto a una piscifactoría y comienza siendo una pista forestal, por la que incluso circulan algunos todoterrenos, con la incomodidad que supone el polvo que levantan. Pronto el camino se adentra por un desfiladero acondicionado para que se pueda caminar por él cómodamente. El agua del río Borosa baja límpida entre los peñascos y la vegetación.

El camino hasta la central eléctrica es prácticamente llano y es a partir de aquí cuando comienza la ascensión hasta el nacimiento del río Borosa. Comienza aquí el tramo más complicado, tanto por el desnivel como por lo pedregoso del terreno. Conviene señalar que a partir de la central eléctrica hay carteles que advierten de desprendimientos, por lo que hay ir con precaución. Una pequeña laguna o piscina natural evoca a los cenotes mejicanos.



El último tramo de la subida consiste ni más ni menos que en atravesar una montaña. Tal cual. Se trata de túneles excavados para canalizar el agua. Son estrechos, oscuros y húmedos, pero si tu claustrofobia no es excesiva se pasan sin problemas. 

Pasados los túneles se accede a un embalse y poco después a la fuente de la que brota el Borosa. El regreso se realiza por el mismo camino. Al ser prácticamente todo cuesta abajo, no se acusa demasiado el cansancio por los kilómetros acumulados. Una ruta obligada para los amantes del senderismo.

Subida al Naranjo de Bulnes desde Poncebos

La semana anterior había nevado, pero cuando llegué a Poncebos estábamos en plena ola de calor. Así, con el deshielo, el Cares y el Bulnes bajaban bravos. Las aguas estaban cristalinas y lucían un intenso color turquesa. 

Cuando me adentré en el desfiladero que conducía hasta el pueblo de Bulnes el ruido provocado por el río era ensordecedor. En algunos tramos se veía brotar el agua de las laderas de la montaña.



La caminata que me había propuesto era peliaguda: llegar hasta el refugio del Naranjo de Bulnes – o Picu Urriellu, como prefieren decir los asturianos – desde Poncebos, lo que supone salvar un desnivel aproximado de 1.600 metros. La mayor parte de la gente encara la subida desde Sotres o desde el collado de Pandiébano, ahorrándose así la mitad de ese desnivel.

En cualquier caso, el tramo hasta Bulnes fue agradable. El sendero es empinado y algo pedregoso pero lo encaré con ganas y en seguida llegué al pueblo. 

A partir de aquí hay dos rutas posibles. La más directa y más complicada es por la canal de Camburero, pero tuve que descartarla, ya que la nieve estaba blanda y era peligroso. Así que continué por el sendero hasta el collado de Pandiébano. El camino no es difícil pero sí muy cansado. Conviene estar en forma para afrontarlo y, sobre todo, llevar mucha agua encima. Sobre todo si se afronta en un día de calor como el que me tocó a mí. Un poco antes de llegar al collado la sombra desaparece. Apenas hay árboles y la montaña ya no protege del sol, pero se agradece llegar a un prado más cómodo de caminar.

En el collado hay que girar para afrontar la subida definitiva, en la que ya me encontré con muchos senderistas que habían optado por hacer una ruta más juiciosa que la mía. A medida que subes por el sendero se te va apareciendo de vez en cuando el perfil inconfundible del Naranjo, cada vez más cerca. 

En la parte final aún quedaban algunos tramos de nieve, que dificultaba el caminar.

Llegué al refugio muy cansado pero la satisfacción de contemplar desde tan cerca el Picu Urriellu y poder tocar con tus manos esa hermosa pared vertical compensa el esfuerzo.


En total, la subida me supuso unas cinco horas de marcha, incluyendo las pausas que hice para descansar o para reponer fuerzas con algo de comida. La bajada se afronta mucho más cómoda, sobre todo si tu meta es el collado de Pandiébano. Pero yo debía continuar hasta Poncebos y en ese tramo final las rodillas acaban sufriendo bastante. Pero no hay mal que un bocadillo y una cerveza no curen.

El Camino del Norte (y IV): Galicia

En Galicia dejo atrás la costa cantábrica, que me ha acompañado durante más de tres semanas. Las próximas olas que vea serán las del océano Atlántico, pero para eso todavía me quedan unos cuantos días. De momento, el recorrido discurre por zonas boscosas y campos agrícolas, atravesando multitud de pueblos. O lo que en Galicia llaman pueblo, que suelen ser casas desperdigadas por el monte que no siempre forman un núcleo urbano.

El camino es agradable, pero ya son raros los momentos de soledad. Cada vez hay más gente. El espíritu peregrino es aquí muy diferente. Muchos viajan en grupos numerosos, con coches de apoyo que les llevan las mochilas y más preocupados por su propio grupo que por relacionarse con otros peregrinos. Esto provoca algunas discusiones en los albergues, por la gente que quiere guardarle la cama a gente que aún no ha llegado al destino, en detrimento de los que sí han llegado y de los que viajamos solos. La camaradería deja paso al egoísmo en ocasiones. Algunos albergues públicos carecen de vigilancia y no siempre se respetan las normas. En mi opinión, se equivocan quienes sólo hacen los kilómetros finales para conseguir la Compostela. Conocen la peor parte del Camino. Allá ellos. Yo, a lo mío. Sigo conociendo gente y disfrutando del Camino a mi manera.

Llego a Mondoñedo después de 36 kilómetros por un terreno rompepiernas que, si embargo, no se hace duro. Mondoñedo es un pueblo bonito, donde destaca una plaza presidida por su catedral. Lástima que dejen aparcar en la misma puerta. Imposible hacer una foto sin que la estropeen los coches. Tras una cena divertida en compañía de dos italianas y un alemán me retiro a descansar.

La siguiente jornada fue dura. Otros 35 kilómetros, de los cuales los primeros doce son cuesta arriba y se hacen interminables. No obstante, es también el tramo más bonito. Todo verde a mi alrededor. A medida que me acerco a Vilalba el paisaje cambia. El Camino discurre paralelo a una carretera y tengo que atravesar algunos tramos en obras, incómodos y polvorientos. Otro tanto sucede al día siguiente, rumbo a Baamonde. Al menos la etapa es corta. Ideal para recuperar sensaciones antes de afrontar una maratón.

A las seis de la mañana, en compañía de un grupo de italianos, comencé a caminar bien abrigado entre la niebla. Poco a poco, las nubes se fueron levantando para dejar paso a una mañana fresca y despejada, que más tarde se tornaría en un mediodía muy caluroso, precisamente en el tramo más duro y con menos sombra. Pero antes de eso tuve la oportunidad de contemplar a un escultor trabajando sobre piedra en el patio de su casa en Xeixón de Abaixo. Me invitó a pasar y me enseñó las fantásticas obras de arte que guardaba en su casa.

En Miráz me despedí de los italianos y continué sólo. Tras conquistar una colina granítica que, si bien no era muy empinada, me hizo sudar lo suyo, continué por esos campos en los que se respira tranquilidad. El mapa señala la existencia de muchos pueblos, pero la verdad es que los vas pasando sin ver a casi nadie. Tras 41 kilómetros llegué a Sobrado dos Monxes. El albergue es un imponente monasterio medieval, donde los peregrinos tenemos el privilegio de visitarlo a nuestro antojo, salvo las estancias de los monjes, claro.

Y con esto, prácticamente se culmina el Camino del Norte, pues la siguiente etapa conecta ya con el Camino Francés. Aquí hay dos opciones: caminar 22 kilómetros hasta Arzúa, a dos etapas de Santiago, y unirse a las hordas de peregrinos que discurren por este camino; o tomar una variante en Boimorto, que hace la jornada algo más larga y solitaria pero se gana un día y te deja en Santa Irene, a 24 kilómetros de Santiago. Estábamos todos avisados por los lugareños que ese atajo no era muy recomendable y que, si finalmente lo tomábamos, fuéramos bien provistos de agua y comida. Consultas el mapa y piensas: “No debe ser tan grave. Voy a atravesar varios pueblos donde podré aprovisionarme”. Así que la mayoría optamos por esa ruta con tal de evitar el Camino Francés hasta el último momento. El resultado fue uno de los días más monótonos y tediosos que recuerdo. Los pueblos existen en los mapas pero ni los ves, hacía un calor terrible y teníamos que encarar una recta de dieciocho kilómetros por asfalto, que discurren entre sembrados, sin una triste sombra y que culminan en una cuesta que casi hay que subir a gatas. Algún gracioso ha pintado en el suelo “estabas avisado”. Iba en ese momento en compañía de una pareja de españoles. No pudimos evitar una carcajada y acordarnos de la familia del gracioso.

Estaba ya a tiro de piedra de Santiago de Compostela. Apenas 24 kilómetros, que no me gustaron nada. No veía el momento de llegar. Cientos de personas caminando en romería, casi todas en grupos organizados, sin equipaje y con más ganas de jarana que de disfrutar del Camino. Monte do Gozo es un estercolero y ni siquiera la vista que ofrece de Santiago es especialmente bonita. Cierto que cuando por fin llegas a la Praza do Obradoiro te emocionas y respiras profundo, orgulloso de tu hazaña. Además, el día me sirvió para reencontrarme con algún “viejo” amigo del Camino. Nos pusimos morados a pulpo, pimientos de Padrón y ribeiro. Pero mi Camino no había acabado aún. Yo buscaba el fin del mundo.

Al día siguiente llegué a Negreira. Seguía habiendo una gran multitud por el Camino, pero al menos se recupera un paisaje agradable. Me encontré el albergue lleno, así que hice trampa –a estas alturas y con lo que llevaba recorrido, me lo perdoné a mí mismo– y cogí un autobús que me llevó a Muxía, saltándome así una etapa. Muxía es un coqueto pueblo pesquero famoso por el Santuario de la Virxe da Barca. Su ubicación frente a un rompeolas natural, lo convierte en un sitio mágico, uno de esos lugares en los que uno puede quedarse embobado mirando el mar durante horas.


Al día siguiente llegué a Finisterre. Junto al faro, al borde del acantilado, volví a quedarme mirando el mar durante largo rato. Hay quien quema algún objeto o prenda que haya llevado durante el Camino o quien abandona sus botas allí. No cumplí ninguna tradición pero tampoco lo necesitaba. 32 días y más de 900 kilómetros después había completado mi reto de recorrerme el norte de España de cabo a rabo. Son muchas las emociones, los recuerdos, las sensaciones que le asaltan a uno. Quizá no sea tan complicado expresarlo con palabras. Simplemente, creo que no merece la pena. Es mejor experimentarlo por uno mismo. Echarse una mochila a la espalda, calzarse unas botas y que cada cual empiece su propio Camino.