El Camino del Norte (y IV): Galicia

En Galicia dejo atrás la costa cantábrica, que me ha acompañado durante más de tres semanas. Las próximas olas que vea serán las del océano Atlántico, pero para eso todavía me quedan unos cuantos días. De momento, el recorrido discurre por zonas boscosas y campos agrícolas, atravesando multitud de pueblos. O lo que en Galicia llaman pueblo, que suelen ser casas desperdigadas por el monte que no siempre forman un núcleo urbano.

El camino es agradable, pero ya son raros los momentos de soledad. Cada vez hay más gente. El espíritu peregrino es aquí muy diferente. Muchos viajan en grupos numerosos, con coches de apoyo que les llevan las mochilas y más preocupados por su propio grupo que por relacionarse con otros peregrinos. Esto provoca algunas discusiones en los albergues, por la gente que quiere guardarle la cama a gente que aún no ha llegado al destino, en detrimento de los que sí han llegado y de los que viajamos solos. La camaradería deja paso al egoísmo en ocasiones. Algunos albergues públicos carecen de vigilancia y no siempre se respetan las normas. En mi opinión, se equivocan quienes sólo hacen los kilómetros finales para conseguir la Compostela. Conocen la peor parte del Camino. Allá ellos. Yo, a lo mío. Sigo conociendo gente y disfrutando del Camino a mi manera.

Llego a Mondoñedo después de 36 kilómetros por un terreno rompepiernas que, si embargo, no se hace duro. Mondoñedo es un pueblo bonito, donde destaca una plaza presidida por su catedral. Lástima que dejen aparcar en la misma puerta. Imposible hacer una foto sin que la estropeen los coches. Tras una cena divertida en compañía de dos italianas y un alemán me retiro a descansar.

La siguiente jornada fue dura. Otros 35 kilómetros, de los cuales los primeros doce son cuesta arriba y se hacen interminables. No obstante, es también el tramo más bonito. Todo verde a mi alrededor. A medida que me acerco a Vilalba el paisaje cambia. El Camino discurre paralelo a una carretera y tengo que atravesar algunos tramos en obras, incómodos y polvorientos. Otro tanto sucede al día siguiente, rumbo a Baamonde. Al menos la etapa es corta. Ideal para recuperar sensaciones antes de afrontar una maratón.

A las seis de la mañana, en compañía de un grupo de italianos, comencé a caminar bien abrigado entre la niebla. Poco a poco, las nubes se fueron levantando para dejar paso a una mañana fresca y despejada, que más tarde se tornaría en un mediodía muy caluroso, precisamente en el tramo más duro y con menos sombra. Pero antes de eso tuve la oportunidad de contemplar a un escultor trabajando sobre piedra en el patio de su casa en Xeixón de Abaixo. Me invitó a pasar y me enseñó las fantásticas obras de arte que guardaba en su casa.

En Miráz me despedí de los italianos y continué sólo. Tras conquistar una colina granítica que, si bien no era muy empinada, me hizo sudar lo suyo, continué por esos campos en los que se respira tranquilidad. El mapa señala la existencia de muchos pueblos, pero la verdad es que los vas pasando sin ver a casi nadie. Tras 41 kilómetros llegué a Sobrado dos Monxes. El albergue es un imponente monasterio medieval, donde los peregrinos tenemos el privilegio de visitarlo a nuestro antojo, salvo las estancias de los monjes, claro.

Y con esto, prácticamente se culmina el Camino del Norte, pues la siguiente etapa conecta ya con el Camino Francés. Aquí hay dos opciones: caminar 22 kilómetros hasta Arzúa, a dos etapas de Santiago, y unirse a las hordas de peregrinos que discurren por este camino; o tomar una variante en Boimorto, que hace la jornada algo más larga y solitaria pero se gana un día y te deja en Santa Irene, a 24 kilómetros de Santiago. Estábamos todos avisados por los lugareños que ese atajo no era muy recomendable y que, si finalmente lo tomábamos, fuéramos bien provistos de agua y comida. Consultas el mapa y piensas: “No debe ser tan grave. Voy a atravesar varios pueblos donde podré aprovisionarme”. Así que la mayoría optamos por esa ruta con tal de evitar el Camino Francés hasta el último momento. El resultado fue uno de los días más monótonos y tediosos que recuerdo. Los pueblos existen en los mapas pero ni los ves, hacía un calor terrible y teníamos que encarar una recta de dieciocho kilómetros por asfalto, que discurren entre sembrados, sin una triste sombra y que culminan en una cuesta que casi hay que subir a gatas. Algún gracioso ha pintado en el suelo “estabas avisado”. Iba en ese momento en compañía de una pareja de españoles. No pudimos evitar una carcajada y acordarnos de la familia del gracioso.

Estaba ya a tiro de piedra de Santiago de Compostela. Apenas 24 kilómetros, que no me gustaron nada. No veía el momento de llegar. Cientos de personas caminando en romería, casi todas en grupos organizados, sin equipaje y con más ganas de jarana que de disfrutar del Camino. Monte do Gozo es un estercolero y ni siquiera la vista que ofrece de Santiago es especialmente bonita. Cierto que cuando por fin llegas a la Praza do Obradoiro te emocionas y respiras profundo, orgulloso de tu hazaña. Además, el día me sirvió para reencontrarme con algún “viejo” amigo del Camino. Nos pusimos morados a pulpo, pimientos de Padrón y ribeiro. Pero mi Camino no había acabado aún. Yo buscaba el fin del mundo.

Al día siguiente llegué a Negreira. Seguía habiendo una gran multitud por el Camino, pero al menos se recupera un paisaje agradable. Me encontré el albergue lleno, así que hice trampa –a estas alturas y con lo que llevaba recorrido, me lo perdoné a mí mismo– y cogí un autobús que me llevó a Muxía, saltándome así una etapa. Muxía es un coqueto pueblo pesquero famoso por el Santuario de la Virxe da Barca. Su ubicación frente a un rompeolas natural, lo convierte en un sitio mágico, uno de esos lugares en los que uno puede quedarse embobado mirando el mar durante horas.


Al día siguiente llegué a Finisterre. Junto al faro, al borde del acantilado, volví a quedarme mirando el mar durante largo rato. Hay quien quema algún objeto o prenda que haya llevado durante el Camino o quien abandona sus botas allí. No cumplí ninguna tradición pero tampoco lo necesitaba. 32 días y más de 900 kilómetros después había completado mi reto de recorrerme el norte de España de cabo a rabo. Son muchas las emociones, los recuerdos, las sensaciones que le asaltan a uno. Quizá no sea tan complicado expresarlo con palabras. Simplemente, creo que no merece la pena. Es mejor experimentarlo por uno mismo. Echarse una mochila a la espalda, calzarse unas botas y que cada cual empiece su propio Camino.

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