A un lado, la silla de Arturo. Al
otro, el castillo. Y en medio la ciudad vieja de Edimburgo.
Llegué un viernes de septiembre
por la noche. La ciudad bullía de estudiantes con ganas de jarana en los
primeros compases del curso. Me costó encontrar un lugar para cenar, tal era el
bullicio del centro. Me gustó el ambiente con el que me recibió la ciudad, pero no el que tuviera que
recluirme en una triste pizzería para llevarme algo a la boca, porque le los
pubs y restaurantes no había hueco. Por ello, y por el cansancio del viaje,
decidí retirarme pronto al albergue. No sé si aún tengo edad para estar a gusto
en este tipo de alojamientos, pero no estuvo tan mal: Jóvenes y no tanto (entre
los que, ay, debo incluirme) de toda Europa se reunían en la sala de estar,
charlaban, reían, jugaban al billar, tocaban la guitarra… Me llevé un libro que
ni me molesté en abrir y una lata de cerveza. No hablé con nadie, pero pasé un
buen rato mirando a mi alrededor, dejando que el cansancio y el sueño me
vencieran.
Por la mañana no había abierto
aún la boca, tampoco lo hice la noche anterior, y ya me saludaron en español.
Será mi corta estatura, mis ojos marrones, mi pelo castaño o que lo llevo
escrito en la frente, el caso es que conmigo no hay confusión sobre mi
procedencia. Así pues, el café me lo tomé en compañía de una chica catalana que
trabajaba allí.
Tras unos minutos de charla
comencé mi andadura. Por delante tenía dos días de patearme una ciudad
monumental, con aire moderno y medieval y que, por mucho que le duela a algunos
escoceses, me recordaba a la Inglaterra que viví hace ya algunos años (nota
mental: escribir un artículo sobre Londres, mi Londres).
La ciudad vieja de Edimburgo se
desarrolla en torno al eje que forman dos atalayas: el castillo y Holyrood
Park, un parque con senderos coronado por Arthur’s Seat, una colina desde la
que se atisba el puerto junto a la ría. En frente hay un tercer promontorio,
Calton Hill, que formaría un triángulo con los dos anteriores y que está
coronado por un monumento que evoca a un templo greco-romano. En el centro de estas tres colinas queda una
vaguada que parece dividir el pasado y el presente de la ciudad. A un lado, un
diseño laberíntico de calles estrechas propio de un pueblo medieval. Al otro,
una cuadrícula con amplias avenidas características de una gran ciudad moderna.
Edimburgo tiene un extraño
colorido que no parece corresponderse con una ciudad que vive casi
permanentemente bajo un cielo encapotado. El gris celeste combina con las
tonalidades oscuras de la piedra de sus edificios, el marrón pulido de la roca
sobre la que se alza el castillo y el intenso verde de sus parques. De noche la
tenue iluminación de sus calles le confiere un cierto atractivo fantasmal.
Dos días bien aprovechados son
suficientes para visitar los lugares más turísticos de la ciudad. No entraré en
detalles de las visitas, pues esto no pretende ser una guía, sino una colección
de recuerdos e impresiones.
Recuerdo, por ejemplo, que
disfruté de un buen café en el Museo Nacional de Escocia mientras observaba el
ajetreo de visitantes que entraban y salían de las múltiples salas de este
singular edificio.
Recuerdo que pasé de largo la
estatua del perrito que está a la puerta del cementerio de Greyfriars, pero
disfruté del paseo entre las tumbas. Los cementerios de otros países son más
cálidos que los españoles. Son parques con grandes árboles centenarios donde
sólo los pájaros se atreven a romper el silencio. Nada que ver con la
especulación urbanística y el frío cemento que domina los nuestros.
Recuerdo también lo que me costó
acabarme el haggis, plato tradicional escocés hecho a base de tripas de cordero.
Con su pan se lo coman.
Y al final, la impresión que me
quedó es que Edimburgo es una ciudad agradable no sólo para visitarla. Aquí se
debe vivir bien, aunque los inviernos sean largos, oscuros y húmedos. Pero era
septiembre y no tenía intenciones de quedarme tanto tiempo para comprobarlo.
Mi siguiente parada fue Sant
Andrews, bonito pueblo costero, cuna del golf, con unas ruinas interesantes y
larga playa sin hoteles ni apartamentos que molesten a la vista. Pero el pueblo
no da mucho más de sí. Se visita en un día y yo cometí el error de quedarme
dos. Afortunadamente, el tiempo acompañó y pude disfrutar de largos paseos por
esa playa, que bordea los campos de golf hasta llegar a un estuario donde en
primavera, supongo, se pueden avistar una gran cantidad de aves. Sant Andrews
es un pueblo para paladearlo, pasear con calma por entre sus ruinas y
contemplar la puesta de sol frente al mar.
Me estropeó la estancia el
restaurante donde cené, que tardó una hora en servirme porque mi comanda se
extravió y cuando me quejé me mandaron de nuevo al final de la cola. Me habría
ido con gusto, pero el pago se hacía por adelantado y no me apetecía regalarles
ese dinero. Así que no me quedó otra que asumirlo y esperar.
Continué mi rumbo hacia el norte,
hacia las tierras altas. Uno de los recuerdos que me quedó de mi estancia en
Escocia fueron los paisajes que contemplé desde la ventanilla del tren que me
llevaba rumbo a Inverness, capital de Highland. La línea bordea el parque
natural de Cairngorms. Praderas encharcadas y colinas de escasos árboles y
mucho pasto para alimento de las miles de ovejas que jalonan los campos. Y
entre ovejas y charcos, decenas de pequeños riachuelos, hilos de agua límpida
y, en apariencia, muy fría. No pude comprobarlo desde el tren.
Inverness me pareció una ciudad
algo desangelada. El centro comercial de la ciudad no es muy grande y una vez
que cierran los comercios las calles se vacían. Ni siquiera en los pubs se
encontraba algo de animación. De su herencia vikinga queda un pequeño museo que
apenas da para pasar un rato. A lo largo del río que la atraviesa se concentra
la parte más atractiva de la ciudad, tanto por las edificaciones como por el
propio río, una delicia para pescadores y para caminantes. Paseando por su
ribera puedes adentrarte en la isla Ness, un parque urbano en el que pierdes de
vista la ciudad, tal es su frondosidad. El tamaño de algunos de los árboles que
en él se encuentran es realmente llamativo.
A la actividad pesquera,
Inverness suma el atractivo turístico de los parajes que la rodean y, por
supuesto, a la fama del próximo lago Ness. El monstruo no me molesté en
buscarlo. Estoy casi convencido de que no existe. Pero, sin duda, merece la
pena acercarse para disfrutar de las vistas y el entorno.
Me quedan pendientes para una
próxima visita a Escocia sus islas, pero no tenía tiempo para más. Queda
también pendiente probarme un kilt, aunque creo que puedo pasar sin eso.












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