Mi Londres, aquel Londres


Han pasado quince años desde que cogí la maleta y, con mi inglés provinciano de aprobado raspado, me largué a Londres. Utilizo el verbo largar con intención, porque aquello no fue un viaje. Fue un “estoy hasta aquí”, un “me largo” y un portazo. Quince años después es probable que mis recuerdos estén distorsionados por el paso del tiempo. Dejaré que mi memoria me traicione para dibujar mi Londres, aquel Londres.

No tengo intenciones de hacer una guía turística de Londres. No hablaré aquí del Big Ben, de Westminster, ni Trafalgar Square. No subiré al London Eye, ni presenciaré el tedioso cambio de guardia de Bukingham Palace. No visitaré el British Museum, la Catedral de San Pablo, ni el Tower Bridge. No contemplaré los rascacielos de la City, ni los neones de Piccadilly Circus. Ese no es mi Londres.

Llegué a la estación de Brixton con la dirección escrita en un papel. Los dos primeros cabs no quisieron recogerme  por algún motivo que no entendí. Empezaba a ponerme nervioso porque estaba anocheciendo en un lugar muy extraño para mí. Aquel barrio estaba muy alejado de la idea que yo tenía de Londres. Era un barrio muy bullicioso, donde se mezclaban raperos, rastafaris y predicadores callejeros. Había un mercado callejero que estaban recogiendo, denso tráfico de coches, autobuses y cabs, música a gran volumen saliendo de casas y comercios. No me había informado previamente sobre Brixton, no sabía nada de aquel lugar. Tenía la sensación de haber ido a parar al Bronx. Por fin, un taxista accedió a llevarme, aunque no tenía clara la dirección. Tuvo que consultar varias veces su callejero hasta que por fin aterricé en lo que sería mi hogar durante el siguiente año.


En torno a Brixton Station se extiende un barrio marcado por su carácter racial. Aquí llegaron a mediados del siglo pasado inmigrantes procedentes de colonias británicas, principalmente caribeñas. En los 80 fue escenario de huelgas y disturbios desencadenados por abusos policiales hacia la comunidad negra. Aquellos acontecimientos motivaron que Brixton se convirtiera con el paso de los años en centro neurálgico de reivindicaciones y movimientos sociales y culturales afro-caribeños. Esto atrajo, ya en el siglo XXI, a jóvenes blancos con inquietudes sociales y artísticas en búsqueda de ambientes alternativos. Es cierto que es un barrio con problemas de pobreza y drogas, pero también es un barrio activo, con una interesante vida social, comercial y nocturna.

En las callejuelas que rodean la estación se desarrolla todos los días un bullicioso mercado donde se pueden encontrar productos frescos, cosa no muy habitual en los supermercados londinenses, donde la mayoría de la comida está precocinada y empaquetada. Pequeños puestos de comida ofertan platos típicos de otros lares. Junto a las grandes cadenas de moda que se pueden encontrar por cualquier punto de Londres, otros locales más pequeños exponen colorida ropa étnica. Típicos pubs británicos se mezclan con locales más alternativos. Recuerdo, no sé si seguirán existiendo, el Dogstar y el Lounge en la calle aledaña al mercado y el Fridge en frente de la iglesia. Haciendo esquina con Brixton Hill, el cine Ritzy, cuya cafetería solía frecuentar para comer pizzas con nombres de películas clásicas sentado en la terracita si el tiempo lo permitía. No recuerdo el nombre de un pub un poco más alejado, ya en dirección a Clapham, con un patio interior donde nos daban las horas entre pinta y pinta.



Para llegar a mi casa debía subir por Brixton Hill, casi hasta llegar al barrio de Streatham. Un paseo largo, que habitualmente hacía en autobús, pero que en ocasiones lo recorría andando. Se podía transcurrir casi por entero a través de un parque alargado, que seguía el curso de la carretera y que creo recordar que se llamaba The wild side, en honor a la canción de Lou Reed. Así que podía caminar por el lado salvaje de la vida rumbo a casa. No era raro encontrar ardillas y zorros en esta zona. Casi al final de Brixton Hill había otro local donde solían tocar grupos locales de reggae.

A estas alturas, el centro de Londres queda muy lejos. Para dirigirte hacia él había que tomar la dirección contraria, a través de Brixton Road, por donde seguían circulando algunos de aquellos viejos autobuses rojos de dos plantas a los que se accedía por la parte trasera. En uno de ellos habitaba un revisor negro que cantaba con una voz que parecía recién llegada del Mississippi.

La música está presente en cada rincón de Brixton. Reggae, R&B, hip-hop, incluso góspel.  No lejos de mi casa había una iglesia a la que cada domingo acudían a entonar  esos cánticos religiosos mujeres engalanadas con coloridas vestimentas africanas. La religión también está muy presente en el barrio. En un radio de unos 500 metros en torno a mi casa había cuatro iglesias de cuatro orientaciones cristianas diferentes. Una de ellas de noche resultaba tétrica, pues tenía una cruz de luces rojas sobre un edificio sin apenas iluminación y franqueado por árboles. No muy lejos de ella había una mezquita y en torno al mercadillo de Bixton Station un predicador callejero se paseaba calle arriba, calle abajo, con una Biblia en la mano anunciando a grito pelado proclamas sobre la salvación.

El barrio de al lado, Clapham, tiene una aire más juvenil. Lo preside un enorme parque (enorme para los cánones de las ciudades españoles, no para Londres) donde los fines de semana se juntan cientos de personas para practicar deporte, futbol principalmente. Es también un barrio con un buen ambiente nocturno, por la cantidad de restaurantes, pubs y clubes que hay a lo largo de su calle principal.




Este era el entorno donde vivía, pero mi Londres particular incluye también el barrio donde trabajaba. High Street Kensintong me pillaba a una hora de casa. Es esta una zona muy diferente, de clase media-alta anglosajona. No quedaban lejos barrios de postín como Chelsea, Notting Hill o Knightsbrige, donde están los famosos almacenes Harrods. Nunca me dio por entrar en ellos, a pesar de tenerlos cerca del trabajo. Sí atravesé, en cambio, más de una vez paseando Hide Park, remanso de paz en mitad del bullicioso centro de Londres. Dentro del parque consigues olvidar el tráfico y las prisas.


Del Londres turístico, el que se puede encontrar en cualquier guía, también se puede disfrutar cuando vives. Una visita a Camdem, un café en Convent Garden o un paseo por la ribera del Támesis de vez en cuando también apetecen. Aunque ese no es tu día a día. El Londres que queda en la memoria no tiene vistas panorámicas, sino pequeños rincones. El Londres cotidiano transcurre en un vagón de metro ruidoso y atestado. Huele a la comida especiada de un puesto callejero de comida rápida. Sabe a una pinta de cerveza junto a una mesa de billar. Suena a los Beatles y The Clash. Habla un inglés con acento de cualquier lugar.

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