La semana anterior había nevado, pero cuando llegué a
Poncebos estábamos en plena ola de calor. Así, con el deshielo, el Cares y el
Bulnes bajaban bravos. Las aguas estaban cristalinas y lucían un intenso color
turquesa.
Cuando me adentré en el desfiladero que conducía hasta el pueblo de
Bulnes el ruido provocado por el río era ensordecedor. En algunos tramos se
veía brotar el agua de las laderas de la montaña.
La caminata que me había propuesto era peliaguda: llegar
hasta el refugio del Naranjo de Bulnes – o Picu Urriellu, como prefieren decir
los asturianos – desde Poncebos, lo que supone salvar un desnivel aproximado de
1.600 metros. La mayor parte de la gente encara la subida desde Sotres o desde
el collado de Pandiébano, ahorrándose así la mitad de ese desnivel.
En cualquier caso, el tramo hasta Bulnes fue agradable. El
sendero es empinado y algo pedregoso pero lo encaré con ganas y en seguida llegué
al pueblo.
A partir de aquí hay dos rutas posibles. La más directa y más
complicada es por la canal de Camburero, pero tuve que descartarla, ya que la
nieve estaba blanda y era peligroso. Así que continué por el sendero hasta el
collado de Pandiébano. El camino no es difícil pero sí muy cansado. Conviene
estar en forma para afrontarlo y, sobre todo, llevar mucha agua encima. Sobre
todo si se afronta en un día de calor como el que me tocó a mí. Un poco antes
de llegar al collado la sombra desaparece. Apenas hay árboles y la montaña ya
no protege del sol, pero se agradece llegar a un prado más cómodo de caminar.
En el collado hay que girar para afrontar la subida
definitiva, en la que ya me encontré con muchos senderistas que habían optado
por hacer una ruta más juiciosa que la mía. A medida que subes por el sendero
se te va apareciendo de vez en cuando el perfil inconfundible del Naranjo, cada
vez más cerca.
En la parte final aún quedaban algunos tramos de nieve, que
dificultaba el caminar.
Llegué al refugio muy cansado pero la satisfacción de contemplar
desde tan cerca el Picu Urriellu y poder tocar con tus manos esa hermosa pared
vertical compensa el esfuerzo.
En total, la subida me supuso unas cinco horas de marcha,
incluyendo las pausas que hice para descansar o para reponer fuerzas con algo
de comida. La bajada se afronta mucho más cómoda, sobre todo si tu meta es el
collado de Pandiébano. Pero yo debía continuar hasta Poncebos y en ese tramo
final las rodillas acaban sufriendo bastante. Pero no hay mal que un bocadillo
y una cerveza no curen.
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