El Camino del Norte (III): Asturias


Asturias me recibió con una de esas estampas que tanto me gustan y que me hacen volver cada año a esta tierra. Tras una jornada soleada rumbo a Pendueles, caminando con el mar a un lado y las montañas al otro, el cielo se fue tornando gris poco a poco. Me relajé en una pequeña cala junto a un acantilado viendo cómo el cielo y el mar se mezclaban en un lienzo de formas difusas. El albergue de Pendueles, Aves de Paso, es otro de esos lugares acogedores donde intercambias experiencias con otros peregrinos y cuentas batallitas durante la cena en común. Fue el último día que compartí con una pareja sudafricana que conocí en el País Vasco.

Al día siguiente apenas caminé 17 kilómetros hasta Poo de Llanes. Decidí darle un merecido descanso a una rodilla cada vez más maltrecha. Pero había otro motivo. La siguiente etapa debía llevarme hasta Ribadesella precisamente cuando se disputaba el descenso del Sella. Ni que decir tiene que buscar alojamiento habría resultado una misión imposible. No obstante, un día después seguían quedando toneladas de basura desperdigadas por toda la localidad y gente que seguía de juerga en unas condiciones bastante lamentables a la vista de un par de ojos sobrios. A saber cómo me veían a mí aquellos cientos de ojos ebrios.

Por otra parte, estas etapas me estaban dejando con un gran sabor de boca. La senda transcurre casi siempre pegada a una costa escarpada con un mar bravo, aunque no violento pues la climatología era benigna. El último tramo antes de llegar a San Estaban de Leces me permitió caminar mirando de frente a los Picos de Europa.

La primera mitad de la siguiente etapa sigue la línea de la costa hasta La Isla. A partir de ahí se adentra hacia el interior, atravesando Colunga y pequeños pueblos con sus típicos hórreos y calles empedradas. Terminé en Sebrayu, que es uno de esos enclaves asturianos de casas desperdigadas por el monte, en las que, por no haber, no hay ni bar ni tienda en los que abastecerse. El albergue era chiquitajo. Estábamos hacinados y hasta el agua caliente estaba racionada. Pero con buen humor se consigue crear buen ambiente.

La siguiente etapa debía llevarme hasta Gijón. La recuerdo como una de las más duras y más bonitas. Tocaba despedirse de algunos colegas de andanzas, pues poco después de Villaviciosa el Camino se bifurca. Yo seguí la ruta del Norte y otros optaron por el Camino Primitivo, que abandona la costa definitivamente y atraviesa Asturias por el interior hasta juntarse con el Camino Francés. Tras varias etapas más bien llanas, volvían las dificultades orográficas. Antes de llegar a Gijón hay que subir dos puertos con fuertes pendientes. Las vistas compensan el esfuerzo.

Estaba teniendo demasiada suerte con el tiempo y eso en Asturias no es normal. Se avecinaba un día de perros. Disfruté del desayuno con calma frente a la playa de San Lorenzo mientras veía cómo caían chuzos de punta. Fue lo único que disfruté ese día. La etapa hasta Avilés era fea. Transcurría gran parte de ella por zonas urbanas e industriales y había que caminar varios kilómetros por el arcén de una carretera muy concurrida. Llegué agotado, empapado y dolorido.

Llevaba dos semanas y media caminando sin descanso, más de 500 kilómetros, y mis piernas dijeron basta. Al día siguiente, me tuve que parar varias veces, incapaz de dar un paso más. Solo pude hacer media etapa y decidí que al día siguiente haría la otra media, independientemente de que me encontrar mejor. Llevaba varios días arrastrando la rodilla derecha y necesitaba recuperarme. Primero me quedé en San Esteban de Pravia, bonito pueblo junto a una ría, y después en Soto de Luiña. Una cerveza y una siesta en la playa es lo que cualquier médico me habría recomendado. No pregunté a ninguno pero estoy casi seguro. Fue mano de santo.

Tras completar una etapa en dos días, me encontraba de nuevo pletórico. El camino acompañaba. Tan pronto bordeaba la costa junto a impresionantes y hermosos acantilados, como atravesaba bosques densos o paseaba entre tranquilos pastos verdes. Y así llegué hasta Luarca, tras completar de un tirón los 40 kilómetros y pico “oficiales”, más otros dos o tres de un rodeo que di porque me perdí. A esto hay que añadir que el albergue queda a unos tres kilómetros del coqueto puerto pesquero de Luarca que, sin duda, merece la pena visitar y tomarse una de esas cervezas que te dan la vida. Más la vuelta al albergue, sumaron 50 kilómetros en un día. Y tan contento. Al día siguiente tenía que caminar “sólo” 31 hasta La Caridad. Por el camino hice un alto en Navia, que estaba en fiestas y me recibió con un desfile de gaiteros.

Y casi sin darme cuenta había atravesado Asturias. Sólo me quedaba una etapa hasta Ribadeo. El día amaneció gris, lluvioso y ventoso. La mayoría de los peregrinos optó por el camino más recto, por carreteras comarcales que discurren entre campos agrícolas. Se perdieron lo bueno. Yo me fui rodeando por la costa, caminando entre playas y acantilados, bajo una lluvia intensa y un viento que a veces dificultaba el paso, pero disfrutando de unos paisajes espectaculares y un mar embravecido. Como colofón, el Puente de los Santos sobre el río Eo, que marca la frontera entre Asturias y Galicia. Apenas 600 metros, pero fue un tramo peliagudo. Con el fuerte viento y el mar picado bajo mis pies tuve momentos de vértigo. El rodeo por la costa me hizo llegar tarde al albergue y quedarme sin cama. No fui el único, así que no tuve problemas para encontrar alguien con quien compartir una habitación en un hostal. Aún me sobró tiempo para reencontrarme con unos amigos, pegarnos un homenaje en un restaurante y culminar otra jornada memorable.


Fue una gran despedida de Asturias y del mar Cantábrico, que ya no volvería a ver. A partir de aquí el Camino se adentra en la Galicia rural. Pero eso lo contaré en el próximo artículo…

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