El Camino del Norte (II): Cantabria

El principal problema del Camino de Santiago a su paso por Cantabria son la cantidad de kilómetros que se recorren por asfalto. Además de tener que aguantar el tráfico, con el peligro que conlleva, te machaca los pies y las rodillas y en días de calor lo hace más intenso. Son muchos los cruces que no están bien indicados. En algunas zonas puedes coger atajos, pero no siempre son recomendables, pues implican caminar por arcenes de carreteras. Al contrario que en el País Vasco, el recorrido aquí es bastante plano. Transcurre casi siempre pegado a la costa, entre pastos verdes y enormes playas, que con marea alta resultan agotadoras de cruzar, ya que debes caminar sobre arena blanda.

Al poco de adentrarme en Cantabria me topo con el primer bosque de eucaliptos. No son originarios de aquí, pero así es como han repoblado muchos montes en el norte, en detrimento de las especies autóctonas y en favor de las empresas papeleras. El camino hasta Castro Urdiales se me hace corto. A estas alturas, 23 kilómetros saben a poco. Tras un descanso  en el puerto, donde contemplo una singular ceremonia de remeros, decido continuar hasta Islares. Allí me espera una pequeña cala rodeada de peñascos, perfecta para relajar la mente y los pies.

Al día siguiente la jornada transcurre bajo un sol implacable y apenas hay sombras sobre el camino. Pronto llego a Laredo, donde decido quedarme y quizá fue un error. Hay dos albergues, ambos religiosos, con pocas plazas y caros. La ciudad está en plena temporada turística y el peregrino, que suele ir escaso de efectivo, no parece interesar mucho. No hay menús asequibles en los restaurantes. El barco en el que debemos atravesar la ría de Santoña no sale hasta las nueve de la mañana, demasiado tarde para empezar a caminar con este calor. Expongo todo esto en la oficina de Turismo, donde una chica me escucha en silencio y por toda respuesta recibo una sonrisa de circunstancias.

Me esperaba una jornada larga y dura. Al margen del trayecto en barco, debía atravesar tres playas –Laredo, Berria y Noja–, la última de las cuales es interminable. Muy bonita, eso sí. Pero no es cómodo caminar por la arena con una mochila a la espalda bajo un sol justiciero. Los bañistas me miran y parecen pensar: “menudo friki”. Ahora soy yo el que, en silencio, pone una sonrisa de circunstancias. “A ver si van a tener razón…”.

Pasada Noja me alejo de la costa en dirección a Güemes, atravesando una zona agrícola y ganadera. El albergue se llama La Cabaña del Abuelo Peuto y es un lugar de parada obligada para todo el que haga el Camino del Norte. La cena conjunta, en un ambiente de camaradería, entre risas y conversaciones sobre lo divino y lo humano, es otro de los grandes recuerdos que guardo de esta aventura.

Casi con pena por el buen rato disfrutado la noche anterior, dejé el albergue al amanecer. Olía a hierba fresca y se respiraba tranquilidad. La senda me conduce de nuevo hacia la costa. Camino junto a un acantilado y luego por una playa abarrotada de bañistas. No son muchos los ratos de soledad a estas alturas del Camino. En el embarcadero de Somo me subí a un barco, en el que atravesé la bahía de Santander. Era un día soleado y el trayecto fue agradable y refrescante. Tras cruzar la ciudad comenzaron mis problemas con las rodillas. En un momento dado tuve que pararme en seco. No podía dar un paso más por el dolor. Tras unos minutos, retomé la marcha torpemente. Para llegar al albergue de Santa Cruz de Bezana hay que desviarse ligeramente del Camino, pero merece la pena. Es una especia de casa rural regentada por una pareja muy simpática. De nuevo la cena, chupitos incluidos, fue lo mejor del día.

Hacer el Camino de Santiago es un ejercicio físico extraordinario y uno llega a sorprenderse de su propia capacidad de recuperación. Da igual lo cansado y dolorido que acabaras el día anterior. Por la mañana te sientes fuerte otra vez. Pero con el paso de los kilómetros el cuerpo te vuelve a dar toques de atención. La rodilla se había empeñado en amargarme el día. El calor y el asfalto no ayudaban a sentirme mejor. Llegué a Santillana del Mar con el único pensamiento de descalzarme y tumbarme en la cama. Pero como uno tiene un punto de masoca, al poco rato estaba dando una vuelta por el pueblo. Ya había estado aquí en una ocasión y sabía que merecía la pena.

La siguiente jornada me la tomé con calma. Mi primera intención era quedarme en Comillas. El paseo hasta allí fue muy agradable. Buena temperatura, entorno tranquilo atravesando bonitos pueblos y físicamente me encontraba recuperado. Un buen bocata me subió la moral y decidí continuar hasta San Vicente de la Barquera. Opté por tomar el camino de la costa, más largo pero más bonito. Son varias las veces que me paré a disfrutar de las vistas. En total, 36 kilómetros agotadores. Y aún me esperaba la sorpresa final: el albergue estaba lleno. Cuanto más te vas acercando a Santiago, más peregrinos hay en el recorrido. A eso hay que añadir que la orografía cántabra, más favorable que la vasca, anima a mucha gente a comenzar el Camino a partir de Santander, especialmente a los ciclistas. La primera semana apenas vi alguno. Ahora son legión. Una chica francesa que conocía de los primeros días estaba en las mismas que yo. Así que nos pusimos a buscar un lugar donde quedarnos y, sobre todo, donde poder darnos una ducha. Yo estaba dispuesto a dormir en la playa o en un parque, pero la ducha no la quería perdonar, cosa que no conseguí hasta las nueve de la noche. Con los hoteles y hostales abarrotados y prohibitivos, nos pusimos a preguntar por los bares. Conseguimos que una mujer nos dejara dormir por una noche en una casa que tenía en alquiler. No fue ningún favor. Nos pedía 20 euros por cabeza. Decidimos dejar la mitad y darnos el piro.


Poco después de San Vicente de la Barquera se divisan en el horizonte los Picos de Europa. Ese día caminé con una sonrisa tonta en la cara. Estaba llegando a esa tierra que tanto me gusta visitar. Asturias merece un capítulo aparte…

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