El principal problema del Camino de Santiago a su paso por Cantabria son
la cantidad de kilómetros que se recorren por asfalto. Además de tener que
aguantar el tráfico, con el peligro que conlleva, te machaca los pies y las
rodillas y en días de calor lo hace más intenso. Son muchos los cruces que no
están bien indicados. En algunas zonas puedes coger atajos, pero no siempre son
recomendables, pues implican caminar por arcenes de carreteras. Al contrario
que en el País Vasco, el recorrido aquí es bastante plano. Transcurre casi
siempre pegado a la costa, entre pastos verdes y enormes playas, que con marea
alta resultan agotadoras de cruzar, ya que debes caminar sobre arena blanda.
Al poco de adentrarme en Cantabria me topo con el primer bosque de
eucaliptos. No son originarios de aquí, pero así es como han repoblado muchos
montes en el norte, en detrimento de las especies autóctonas y en favor de las
empresas papeleras. El camino hasta Castro Urdiales se me hace corto. A estas alturas, 23
kilómetros saben a poco. Tras un descanso
en el puerto, donde contemplo una singular ceremonia de remeros, decido
continuar hasta Islares. Allí me espera una pequeña cala rodeada de peñascos,
perfecta para relajar la mente y los pies.
Al día siguiente la jornada transcurre bajo un sol implacable y apenas
hay sombras sobre el camino. Pronto llego a Laredo, donde decido quedarme y
quizá fue un error. Hay dos albergues, ambos religiosos, con pocas plazas y
caros. La ciudad está en plena temporada turística y el peregrino, que suele ir
escaso de efectivo, no parece interesar mucho. No hay menús asequibles en los
restaurantes. El barco en el que debemos atravesar la ría de Santoña no sale
hasta las nueve de la mañana, demasiado tarde para empezar a caminar con este
calor. Expongo todo esto en la oficina de Turismo, donde una chica me escucha
en silencio y por toda respuesta recibo una sonrisa de circunstancias.
Me esperaba una jornada larga y dura. Al margen del trayecto en barco,
debía atravesar tres playas –Laredo, Berria y Noja–, la última de las cuales es
interminable. Muy bonita, eso sí. Pero no es cómodo caminar por la arena con
una mochila a la espalda bajo un sol justiciero. Los bañistas me miran y
parecen pensar: “menudo friki”. Ahora soy yo el que, en silencio, pone una
sonrisa de circunstancias. “A ver si van a tener razón…”.
Pasada Noja me alejo de la costa en dirección a Güemes, atravesando una
zona agrícola y ganadera. El albergue se llama La Cabaña del Abuelo Peuto y es
un lugar de parada obligada para todo el que haga el Camino del Norte. La cena
conjunta, en un ambiente de camaradería, entre risas y conversaciones sobre lo
divino y lo humano, es otro de los grandes recuerdos que guardo de esta
aventura.
Casi con pena por el buen rato disfrutado la noche anterior, dejé el
albergue al amanecer. Olía a hierba fresca y se respiraba tranquilidad. La
senda me conduce de nuevo hacia la costa. Camino junto a un acantilado y luego
por una playa abarrotada de bañistas. No son muchos los ratos de soledad a
estas alturas del Camino. En el embarcadero de Somo me subí a un barco, en el
que atravesé la bahía de Santander. Era un día soleado y el trayecto fue
agradable y refrescante. Tras cruzar la ciudad comenzaron mis problemas con las
rodillas. En un momento dado tuve que pararme en seco. No podía dar un paso más
por el dolor. Tras unos minutos, retomé la marcha torpemente. Para llegar al
albergue de Santa Cruz de Bezana hay que desviarse ligeramente del Camino, pero
merece la pena. Es una especia de casa rural regentada por una pareja muy
simpática. De nuevo la cena, chupitos incluidos, fue lo mejor del día.
Hacer el Camino de Santiago es un ejercicio físico extraordinario y uno
llega a sorprenderse de su propia capacidad de recuperación. Da igual lo
cansado y dolorido que acabaras el día anterior. Por la mañana te sientes
fuerte otra vez. Pero con el paso de los kilómetros el cuerpo te vuelve a dar
toques de atención. La rodilla se había empeñado en amargarme el día. El calor
y el asfalto no ayudaban a sentirme mejor. Llegué a Santillana del Mar con el
único pensamiento de descalzarme y tumbarme en la cama. Pero como uno tiene un
punto de masoca, al poco rato estaba dando una vuelta por el pueblo. Ya había
estado aquí en una ocasión y sabía que merecía la pena.
La siguiente jornada me la tomé con calma. Mi primera intención era
quedarme en Comillas. El paseo hasta allí fue muy agradable. Buena temperatura,
entorno tranquilo atravesando bonitos pueblos y físicamente me encontraba
recuperado. Un buen bocata me subió la moral y decidí continuar hasta San
Vicente de la Barquera. Opté por tomar el camino de la costa, más largo pero
más bonito. Son varias las veces que me paré a disfrutar de las vistas. En
total, 36 kilómetros agotadores. Y aún me esperaba la sorpresa final: el
albergue estaba lleno. Cuanto más te vas acercando a Santiago, más peregrinos
hay en el recorrido. A eso hay que añadir que la orografía cántabra, más
favorable que la vasca, anima a mucha gente a comenzar el Camino a partir de
Santander, especialmente a los ciclistas. La primera semana apenas vi alguno.
Ahora son legión. Una chica francesa que conocía de los primeros días estaba en
las mismas que yo. Así que nos pusimos a buscar un lugar donde quedarnos y,
sobre todo, donde poder darnos una ducha. Yo estaba dispuesto a dormir en la
playa o en un parque, pero la ducha no la quería perdonar, cosa que no conseguí
hasta las nueve de la noche. Con los hoteles y hostales abarrotados y
prohibitivos, nos pusimos a preguntar por los bares. Conseguimos que una mujer
nos dejara dormir por una noche en una casa que tenía en alquiler. No fue
ningún favor. Nos pedía 20 euros por cabeza. Decidimos dejar la mitad y darnos
el piro.
Poco después de San Vicente de la Barquera se divisan en el horizonte los
Picos de Europa. Ese día caminé con una sonrisa tonta en la cara. Estaba
llegando a esa tierra que tanto me gusta visitar. Asturias merece un capítulo
aparte…









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