El Camino del Norte (I): Euskadi

Decidí hacer el Camino de Santiago en un repente. Sin planes para el verano, vi en internet un tipo que estaba recorriendo Europa a pie y pensé que yo podría hacer lo mismo. O algo parecido. Cuatro días después estaba en Irún dispuesto a comenzar el Camino del Norte. Con menos aglomeración que el Camino Francés, temperaturas más suaves e idóneas para caminar en verano y esos paisajes que casan mar y montaña, tuve clara mi elección desde el principio: recorrería los más de 900 kilómetros que separan Irún de Finisterre a lo largo de la costa cantábrica. Santiago es la excusa. Para mí es un lujo poder atravesar tu país de punta a punta caminando. Más que un peregrino, me considero un senderista. No avisé a nadie. Quería hacerlo solo. Cosas mías.

En el albergue de Irún tomé contacto con los primeros peregrinos. La mayoría eran extranjeros. Casi todos empezábamos el Camino al día siguiente, pero alguno llevaba ya tiempo caminando. Un escritor francés sexagenario acumulaba ya un mes en las piernas y un chico austriaco dos. Me tocó hacer de traductor con un inglés que no hablaba ni papa de español. Había salido de juerga con gripe y una de las dos cosas le sentó mal. El inglés sería el idioma que más utilizaría durante la primera semana, pues son pocos los españoles que hacen el Camino de Santiago desde tan lejos.

La primera noche apenas pude dormir entre los ronquidos, el olor a humanidad y el ruido constante de gente que se levanta al servicio –¿Soy el único que aguanta una noche entera sin mear?–. Lo típico en un albergue. Ya me acostumbraría.
Estaba amaneciendo cuando me puse en pie. Desayuné fuerte, me ajusté la mochila y las zapatillas con esmero y comencé mi aventura. En los primeros metros se me juntó un lugareño que al principio tomé por peregrino, pero no. Era un irundarra que tenía por costumbre madrugar los sábados y caminar sus cinco o seis horitas antes de almorzar. “Como sea para abrir apetito”, pensé, “a ver quién le invita luego a comer”. Encaramos charlando la subida al monte Jaizkibel, pero a la altura del Santuario de la Virgen de Guadalupe decidí que no podía seguir su ritmo y me despedí de él. Fue la primera persona, de las muchas que conocí a lo largo del Camino, con la que pasé un rato agradable. En el Camino nunca estás solo. Continué la marcha por el monte reencontrándome con otros peregrinos que había conocido la noche anterior: un suizo con el que compartí la primera semana de andanzas; una chica francesa, otra filipino-estadounidense, una pareja sudafricana, un pamplonica…

La bajada del Jaizkibel es escarpada. Primer aviso de lo que las rodillas iban a tener que aguantar. Llegué a Pasai Donibae (Pasajes de San Juan), singular pueblo de una sola calle y casas arrejuntadas que parecen empujarse unas a otras para conseguir el mejor lugar frente a la ría. Un barco me llevó hasta Pasai San Pedro. El calor empezaba a apretar y el sendero volvía a encabritarse. A cambio, las vistas son extraordinarias. Al llegar a lo alto del monte Ulía, de repente, se apareció San Sebastián a mis pies. Estaba radiante, pero el agotamiento del primer día y el calor intenso me impidieron disfrutar de la ciudad. A duras penas llegué hasta el Peine de los Vientos, me descalcé, me tumbé, cerré los ojos y ahí me las dieron todas.

Los primeros días son los que más notas el cansancio. Para colmo, la segunda etapa comenzaba también cuesta arriba. La subida al monte Igeldo se me hizo dura, pero de nuevo las vistas compensan el esfuerzo. Atravesé un bosque y unos prados verdes que desembocan en Orio, un bonito pueblo de pescadores. De nuevo, el calor apretó pero terminé la etapa en Zarautz más entero que el día anterior. Tiempo para disfrutar de su famosa playa y de dar una vuelta por el pueblo en compañía de otros peregrinos. En todo el día no he pronunciado ni una palabra en español.

La tercera etapa me regaló uno de esos momentos que se te quedan grabados en la memoria: todavía era de noche cuando atravesé la playa de Zarautz. Despuntaban las primeras luces cuando caminaba por el paseo junto a la costa que lleva a Getaria. Y, entonces, el sol surgió como de entre las aguas. Me quedé sin palabras. El desayuno que me apreté en Getaria me supo a gloria. De nuevo, el calor y los prados verdes y los bosques de árboles inmensos y los pueblos pintorescos. Terminé en Deba, bonito enclave costero asentado sobre una ladera y junto a la desembocadura del río del mismo nombre.

Al día siguiente, me alejé de la costa y me adentré en la Euskadi rural, menos turística quizá pero no menos bonita. La ruta es exigente. Transcurre entre bosques húmedos y senderos embarrados de fuertes desniveles. Antes de llegar a Markina se encuentra la ermita de San Miguel de Arretxinaga, construida en torno a unas inmensas rocas que parecen formar un dolmen sobre el altar. La jornada terminó entre risas en una terraza, cerveza va, cerveza viene.

El quinto día comienzó con la ascensión al monasterio de Zenarruza. Un monje nos lo mostró y allí me encontré con un paisano de Ciudad Rodrigo que no hacía otra cosa que ir y venir por los diferentes Caminos de Santiago. No es mala ocupación. Las tormentas de las dos últimas tardes habían dejado el camino embarrado y algunas zonas estaban casi impracticables. Los primeros charcos los intentas rodear. Cuando el barro te llega ya a los sobacos, los cruzas por el medio con alegría. En Gernika no hay albergues, así que tuvimos que apañárnoslas y repartirnos en hostales. Los guiris preguntan si el nombre del pueblo tiene algo que ver con el famoso cuadro de Picasso. Les explico que sí y se lanzan a explorar cada calle, cada rincón.

La sexta etapa fue la primera de más de 30 kilómetros. Tenía ampollas en ambos pies, pero no me molestaban mucho al caminar. A medida que han ido pasando los días las piernas se han fortalecido y ese día las iba a poner a prueba. De nuevo, una tormenta la noche anterior había dejado el camino lleno de barro, lo cual dificulta la marcha. A eso había que añadir la sensación de bochorno y un perfil de constante sube y baja. La última ascensión te regala una sensacional vista del Gran Bilbao. Lo malo es la ilusión de creerte cerca de tu destino cuando todavía falta por atravesar la ciudad hasta la otra punta. Llego al albergue justo a tiempo de refugiarme de otra tormenta.

Solo me queda una etapa por territorio vasco y es precisamente la más fea de todas. La ría de Bilbao no ofrece más que asfalto, tráfico y una zona industrial deprimida. Pasado Portugalete el recorrido se hace más cómodo pero sigue transcurriendo entre zonas urbanas y carreteras. Acabé en Pobeña, en un día gris y ventoso, tumbado en la playa contemplando un mar y un cielo sacados de algún cuadro de Turner.


Una semana se tarda en atravesar Euskadi a pie y bien merece la pena. Esos montes, con pastos o con bosques pero siempre verdes; ese mar bravo, esas playas que hasta en días nublados se disfrutan y esos pueblos y gentes de fuerte personalidad que tan bien me trataron. Casi me da pena continuar. Pero debo seguir mi camino…

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