Cuando llegué al aeropuerto de San Salvador estalló una tormenta. José,
alcalde de Nueva Trinidad, me esperaba para llevarme a su pueblo en su pickup. Cuando abrí la puerta del
vehículo lo primero que vi fue una pistola en el salpicadero. Sin saberlo,
acababa de tomar contacto con tres elementos que iban a ser una constante a lo
largo de mi estancia en El Salvador: la tormenta de las cinco –siempre
puntual–, las pickups –estas
camionetas son el vehículo más común aquí– y un tercer elemento que me recuerda
que estoy en un país donde la violencia es protagonista, por diferentes
motivos, tanto de su presente como de su historia más cruel. Afortunadamente,
yo no sufrí ningún episodio violento y en ningún momento tuve sensación de
peligro, pero es difícil abstraerse de la fama que tiene El Salvador de ser uno
de los países con mayor índice de criminalidad del mundo. No obstante, el
territorio de las maras son principalmente las ciudades y yo me dirigía al
interior, a una zona rural donde no suelen tener tanta presencia. En el
departamento de Chalatenango la violencia tiene, en cambio, otra cara: los
rostros de quienes no han olvidado la guerra que les tocó vivir en los años
ochenta. En Nueva Trinidad, Carasque, Arcatao, Guarjila y otros pueblos y cantones
de la zona conocí a la “temible” guerrilla salvadoreña, campesinos a quienes no
les quedó más remedio que empuñar las armas. Hoy constituido en partido
político, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) gobierna
gran parte de los municipios de esta región.
Nueva Trinidad es el centro administrativo de una serie de comunidades o
cantones desperdigados por los montes. Su plaza está presidida por un pequeño
graderío con pinturas y mensajes que evocan la guerra, la lucha y los ideales.
No es el único mural que decora la plaza. También la tienda y la casa comunal
están pintadas con colores alegres y proclamas que aúnan comunismo y religión.
El ayuntamiento, una biblioteca poco frecuentada y un comedor público cerrado
por falta de uso completan el cuadrilátero a partir del cual nacen las calles.
Las viviendas son todas unifamiliares, construidas con bloques de cemento o
adobe y techadas, en el mejor de los casos, con tejas. Las hay que tienen como
techumbre planchas de metal, convirtiendo la lluvia en un estruendo
ensordecedor; o uralita, sobre la que tarde o temprano se forman goteras. En El
Salvador sólo tienen dos estaciones, que no se diferencian tanto por la
temperatura como por las precipitaciones. En la época del año en que les
visité, nuestro verano, su invierno, llueve todos los días, pero siempre por la
tarde, lo cual les permite planificar la jornada y completar sus quehaceres
antes de que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, que dirían los galos
de la aldea de Astérix. Los guanacos, apelativo con el que se conoce a los
salvadoreños, están acostumbrados a la virulencia de las tormentas en mitad del
bosque, pero yo no. Los cortes de luz son frecuentes y no es raro que las
carreteras queden bloqueadas por tierra y rocas que se han deslizado ladera
abajo.
En realidad, Nueva Trinidad no tiene un núcleo urbano como tal. Muchas
viviendas están desperdigadas por la montaña, junto a su milpa, parcela
dedicada principalmente al cultivo de maíz, generalmente no muy grande pero que
les permite subsistir. Al menos gozan de una alimentación sana.
Los primeros días me alojé en Carasque, uno de los cantones próximos a
Nueva Trinidad. Una semana durmiendo sobre un fino colchón tirado en el suelo
de la casa comunal me dejaron la espalda y el costillar a la virulé. La letrina
y la ducha estaban fuera de la casa, con vistas a la plaza, junto al molino, lo
cual me obligaba a saludar al personal antes siquiera del primer pis mañanero.
Supe disimular mi habitual mal despertar. Pronto me habitué al espectáculo de
la niebla matutina levantando sobre estos bosques, casi selváticos, de un verde
intenso, tamizado a estas horas por los primeros rayos de sol. El bochorno de
la noche deja paso a un amanecer fresco y agradable. Los hombres se dirigen a
la milpa, las mujeres al molino, los niños al colegio y los crueles zancudos,
que apenas me han dejado dormir, se retiran a descansar o a incordiar a otro. También
han desaparecido los cientos de sapos que jalonan las calles del pueblo al
atardecer. La primera vez que los ves da grima, pero donde hay sapos no hay
mosquitos, así que acabas cogiéndoles cariño. Perdón por utilizar el verbo
coger. Por mucho que sepas que en América tiene un significado diferente que en
España, tarde o temprano se te escapa. Y claro, eres objeto de bromas. “Cuidado
con el español, que es capaz de coger un autobús”, me decían. “¿Por dónde?”,
apostillaba otro entre risas.
Los desayunos, en casa de la señora Julia, eran contundentes: las tortillas
de maíz, el plátano frito, el queso y una especie de café también de maíz
tenían un pase, pero el puré de frijoles a esas horas de la mañana me parecía
excesivo. A mediodía lo normal era un caldo a base de pollo y verduras y por la
noche las ricas pupusas, tortillas rellenas de verduras o chicharrones.
Visité diferentes cantones de la zona, en los que tuve la oportunidad de
conocer a los maestros populares, educadores que durante la guerra volcaron sus
esfuerzos en alfabetizar a niños y campesinos en mitad del bosque, en mitad de
los bombardeos y las balaceras. Muchos de ellos no eran maestros titulados,
sino gente con la suficiente cultura como para transmitir conocimientos básicos
a una población casi analfabeta. Tiempo después el estado les reconoció su
oficio y les habilitó para ejercer en las escuelas. No obstante, la educación
en El Salvador sigue siendo una asignatura pendiente. Los índices de
alfabetización aún están lejos de lo deseable.
Entre los municipios más llamativos que visité destaca Arcatao, con su iglesia
de estilo colonial y sus pórticos coloridos. También la ciudad de Chalatenango
está llena de estos pintorescos pórticos, donde se mezclan comercios,
tenderetes, alguna cantina y gente que reposa tranquilamente.
De vuelta a Nueva Trinidad tuve el honor de conocer a Julio Rivera,
encargado de la biblioteca y superviviente de la matanza del río Sumpul. Este
es uno de los episodios más tristes de la guerra de El Salvador. Decenas de
mujeres, niños y ancianos fueron tiroteados mientras intentaban huir del
conflicto. Julio, entonces un niño, salvó la vida pero perdió a su familia. Los
habitantes de la zona no sólo no han olvidado lo que sucedió aquel día, sino
que trabajan para que no se olvide. La visita al río Sumpul era, pues,
obligada. Y las mejores vistas al río se encuentran en lo alto del cerro Eramón.
Partimos al amanecer y fuimos ascendiendo entre la maleza, abriéndonos
camino a golpe de machete. A medida que nos adentrábamos en la espesura de la
vegetación aumentaba la humedad y el calor. La ascensión fue agotadora pero la recompensa
mereció la pena. Desde la cumbre se podía contemplar un río majestuoso, testigo
de muertes crueles en el pasado, que riega de vida los campos en el presente.
Fueron muchas las historias tristes que me contaron. Pero también conocí
historias de superación. De gente que lucha por sobrevivir a su propio pasado,
pero sin olvidarlo por dignidad y justicia. Gentes que luchan para salir
adelante con lo poco que tienen. Gentes solidarias que me enseñaron el
verdadero significado de la vida en comunidad. Gentes con una alegría
nostálgica, que lo mismo bailan al ritmo marchoso de una batucada que entonan aquellos
versos de Roque Dalton:
Guacos, hijos de puta,
Eternos indocumentados,
Los hacelotodo, los
vendelotodo, los comelotodo,
Los tristes más tristes del mundo,
Mis compatriotas,
Mis hermanos.
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