La mayor parte de las carreteras de Túnez carecen de líneas y donde las
hay no les hacen mucho caso. No es raro ver un adelantamiento en una calzada
estrecha cuando viene un coche de frente y nadie parece ponerse nervioso. Los
de los lados se orillan hasta tocar la tierra de las cunetas y se ponen tres
coches en paralelo por donde yo diría que a duras penas caben dos.
Evidentemente, el que se equivoca soy yo, porque vi varios ejemplos de lo
descrito a lo largo de los 3.000 kilómetros que recorrí por el país.
Contrastaba lo tensos que íbamos los occidentales en el autobús con la
tranquilidad de los locales.
De camino a Le Kef, al oeste del país, paramos en las ruinas romanas de
Sbeitla. Extraordinario y muy bien conservado conjunto arquitectónico, en el
que uno podía visualizar sin necesidad de recurrir a la imaginación la
distribución de aquella antigua urbe romana. No fueron las únicas ruinas que
visitamos y que nos asombraron. Algo más al norte, Bulla Regia – en la gobernación
de Jendouba– y Dougga – en Béja– nos permitieron viajar en el tiempo hasta la
época del Imperio Romano. Uno se queda con las ganas de visitar la antigua
Cartago, pero lo poco que queda no refleja lo que debió ser en su plenitud.
Rumbo al noroeste del país, a medida que nos acercábamos a la frontera
con Argelia, íbamos dejando atrás los paisajes desérticos para adentrarnos en un entorno no menos
duro para vivir. Las agrestes montañas que sirven de frontera natural entre
los dos países, sin ser muy altas, suponen una dificultad importante para
desplazarse. Hay pozos y pequeños ríos encajonados en riscos, a los que, en
ocasiones, la mejor manera de acceder es con burro o mula. Es ésta una región
lluviosa. Nos sorprendieron sus bosques húmedos que no esperábamos encontrar
aquí. Reencontrarnos con el color verde, al principio, nos pareció una
bendición, hasta que nos percatamos que eso implicaba reencontrarse también con
ese adorable animal que es el mosquito.
Tabarka es una ciudad costera, rodeada de bosques, con un importante puerto
pesquero, una fortaleza erigida sobre un peñón, playas de arena fina y unas
extrañas rocas altas y puntiagudas clavadas en el mar. Su nombre evoca a la
isla de Tabarca, frente a las costas de Alicante. No es casualidad. En dicho
islote se instaló un grupo de cristianos, prisioneros del rey de Túnez en la
citada fortaleza, que fueron liberados por Carlos III. Esto sucedió en el siglo
XVIII, pero cuando se está en un lugar que ha tenido sus cuitas con el Imperio
Español, a uno le asaltan las dudas sobre cómo le recibirán. Aquel día jugaba
España la final del campeonato del mundo de fútbol en Sudáfrica, buena ocasión
para poner a prueba la simpatía local. Y la verdad es que nos acogieron muy
bien. El dueño de un chiringuito instaló una pantalla en la playa para que
viéramos el partido a placer, los presentes tomaron partido por nuestra
selección y alguien nos consiguió de estraperlo un poco de alcohol, unas
cuantas latas de cerveza en una bolsa de basura condicionadas a que no las
mostráramos en público y esperáramos a llegar al albergue para beber.
Tras unos días en Tabarka emprendimos viaje hacia la ciudad de Túnez.
Como en toda capital, aquí se aprecia con nitidez la gran diversidad de gentes
del país. Diferentes razas, pueblos y culturas que van de aquí para allá, de
manera atropellada, con prisas, con cosas que comprar y vender y con un calor
que en la ciudad se hace más pegajoso e insoportable que en el mismo desierto.
Esos cuarenta y siete grados a las once de la mañana no se me van a olvidar.
Una sinagoga fuertemente custodiada por la policía te recuerda conflictos y
animadversiones que uno había olvidado después de tantos días sin ver las
noticias. La gran catedral de San Vicente de Paul, en cambio, muestra sus
puertas abiertas de par en par. El templo cristiano se encuentra en la avenida
Bourguiba, una de las principales de la ciudad, que desemboca en la puerta Bab
el Bahr, monumento que da paso a la medina de Túnez. Es aquí donde se encuentra
la mayor parte de los monumentos de la ciudad, destacando la Gran Mezquita
Zitouna. Pero, sobre todo, la medina es un laberinto, un colorido y ordenado caos
de callejuelas y pasadizos, donde los turistas podemos adquirir baratijas
fabricadas en serie y hacernos la ilusión de que hemos comprado autenticidad. También
hay artesanía refinada y marroquinería. En algunos puestos se puede contemplar
cómo trabajan la piel o el metal. Huele a incienso y a té. Lo más cansino, y en
ocasiones enojoso, es la constante lucha de precios con el comerciante. Una
cosa es regatear por un artículo que quieres comprar y otra es que no te dejen
ni curiosear con calma. En cuanto detectan que eres español, cosa que por lo
visto llevábamos escrita en la cara, te sueltan las frases que se han aprendido
de memoria para vender. “Más barato que en Carrefour”. Tal cual. No todo son souvenires. También hay un mercado donde
los tunecinos hacen sus compras diarias y coquetas teterías donde uno puede
pasarse horas paladeando una shisha o
cachimba. A quien le guste eso, claro. Los tunecinos parecen disfrutarlo. A mí
no me sentó muy bien. Pero al té con menta sí me aficioné.
El té es la bebida nacional. Aunque hay variedades, el que más consumen
es tan oscuro que casi parece café. De la gastronomía de Túnez ya destaqué en
el artículo anterior el aceite con miel, una delicia. La carne principalmente
es de cordero y pollo. De cerdo, como buenos musulmanes, ni hablar. Con el
pescado no se complican, a la plancha o asado. De ensaladas, como buenos mediterráneos,
tienen una gran variedad, incluyendo una ensalada caliente que, si no fuera por
el picante, la habría pedido más veces. Y como buenos magrebíes, no hay comida
sin cuscús, al que personalmente no acabo de pillarle la gracia. Y todo, eso
sí, muy especiado.
Cerca de Túnez está la localidad de Sidi Bou Said, todavía residencia del
dictador Ben Alí cuando la visité. Se puede llegar en una especie de tren de
cercanías, pero no es recomendable. Lo del transporte público en según qué
países pasa de lo cómico a lo insufrible en pocos minutos. Llegas a añorar el
metro de Madrid en hora punta. No es broma. Hubo quien accedió al vagón por la
ventanilla, y no debe ser cosa rara allí. Sidi Bou Said es un pueblecito blanco
y azul, junto a la costa, con sus terrazas con vistas al mar, sus puertas de
colores decoradas con filigranas y sus calles adornadas con flores. En la costa
nororiental de Túnez hay varios pueblos similares, todos turísticos, con una
buena oferta hostelera. En Hammamet puedes pedir cerveza tranquilamente en la
terraza de un bar, junto al paseo marítimo, y contemplar cómo el sol se esconde
pausadamente tras los muros de su medina fortificada.
Y mucho más. Túnez es un país salpicado de rincones, ciudades y paisajes
hermosos. Su variedad cultural se refleja en la variedad de sus rostros, de sus
costumbres, de sus vestimentas, de sus bailes. Es un país de sol brillante, de
colores vivos. Sus habitantes son árabes con pasado latino, nómadas del
desierto que miran al mar. Me quedé con las ganas de pasar una noche en una
jaima en ese Sáhara que impresiona, que sobrecoge, que hechiza, que pasma.
Tendré que volver.
N. del A.: Como escribí al principio, este viaje lo realicé en el verano
de 2010 de la mano de una ONG. No he entrado en detalles sobre cuestiones de
Derechos Humanos, pues no es esa la intención de este blog, pero sí me gustaría
mencionar que pudimos captar el miedo y la tensión con la que algunos colectivos
se desenvolvían dentro de ese estado policial, a pesar de que no era esa la
imagen exterior que proyectaba Túnez. Poco después estalló la revolución.

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