Supongo que lo poco que sabía de Túnez antes de ir era lo poco que, en
general, sabía la mayor parte de la sociedad española antes de que se
desencadenara la Primavera Árabe.
Visité el país en verano de 2010, pocos meses antes de que esta pequeña nación
mediterránea saltara a las portadas de los diarios de todo el mundo y provocara
una reacción en cadena que contagió a otras naciones árabes. Destino turístico,
de imagen amable, con sus pueblos blancos tan parecidos a los andaluces, sus
laberínticas medinas, su desierto inmenso, sus soñados oasis, sus coloridas puertas
de refinada ornamentación, la imagen de Túnez era entonces la de un país
simpático, tranquilo y avanzado dentro del mundo musulmán.
Viajé formando parte de un grupo de voluntarios de una ONG con la
intención de conocer sobre el terreno los proyectos de cooperación que allí se
estaban desarrollando y los problemas de Derechos Humanos que sufría la
población. Como este blog pretende ser de viajes, no entraré en muchos detalles
sobre esas cuestiones, aunque algo mencionaré.
En el aeropuerto de Túnez nos esperaba un autobús que debía trasladarnos
a Gabés, ciudad costera sita unos 400 kilómetros al sur de la capital. Durante
la mayor parte del trayecto lo único que vimos por la ventanilla fueron olivos.
Uno detrás de otro. Inmensos campos de olivos (otro parecido con Andalucía).
Túnez es uno de los mayores productores de aceite de oliva del mundo, manjar
que consumen en abundancia y, en ocasiones, de manera tan sencilla y exquisita
como es mezclándolo en un plato con miel y haciendo barquitos con pan. Y te
chupas los dedos.
Gabés es un importante puerto comercial y una zona industrial de gran
actividad. Quizá por esa razón, la ciudad no resulta muy atractiva a ojos del viajero.
Más bien gris, deslavazada, polvorienta y con un frenesí propio del comerciante
que tiene asuntos urgentes que atender. Poco queda de su pasado cartaginés y
romano. Nos alojamos en una residencia de estudiantes en la que la mayor parte
de las residentes eran mujeres. No debe extrañar. Los niveles educativos de
Túnez son comparables a los de cualquier país europeo, incluso en lo referente
a las mujeres. La ventana de mi dormitorio daba a una coqueta mezquita donde
unos altavoces no sólo rompían la armonía de su minarete, también rompían el
silencio anunciando a un volumen excesivo el momento de la oración. Nadie me
advirtió que también hay una llamada a la oración a las cuatro de la madrugada.
La primera noche, claro, di un respingo en la cama.
En Gabés empecé a tomar contacto con un pueblo alegre, atento y acogedor.
Muchos de sus habitantes son de origen bereber, para quienes la hospitalidad
tiene un carácter sagrado. Comparten comida y bebida con el recién llegado con
naturalidad. Te invitan a pasar a su casa, por humilde que sea, y te ofrecen lo
poco que tienen. Rechazarlo no sería cortés. Por la noche, tras la cena, tocan
palmas y darbukas, cantan y bailan
sones árabes que, de nuevo, vuelven a evocar a Andalucía. A un español no lo
engañan, pero si a un sueco le dices que el flamenco es eso, se lo cree. No
eran bailes ni sones extraños para mi vista y mis oídos aunque fuera la primera
vez que los veía y oía.
El entorno de Gabés es hostil. Tierra seca, pedregosa, de escasa
vegetación formada por arbustos que no levantan un palmo del suelo y que, sin
embargo, en las llanuras crean la ilusión óptica de constituir un manto verde.
Nada más lejos de la realidad. Entre un arbusto y otro hay metros de tierra
reseca y guijarros. Algún solitario árbol rompe la monotonía de un desierto muy
distante de los exóticos y épicos escenarios de las películas. Para encontrar
ese mar de arena amarilla, con sus dunas como olas, sus dromedarios, sus
tuaregs con turbante y sus oasis repletos de palmeras y frutales hay que
alejarse de la costa y dirigirse a Douz. De camino bordeamos los chotts de El Fejaj y el-Jérid, lagos
salados habitualmente secos que componen una estampa irreal, como de paisaje
lunar. Dicen que es en estos desiertos de sal
donde con mayor frecuencia se producen espejismos, por aquello de que la
superficie salina actúa como un espejo y refleja imágenes de objetos donde no
están. A saber. Yo no lo experimenté. Hicimos un alto en Kébili, donde los
bereberes nos hablaron de su cultura nómada, que poco falta para que
desaparezca. Los jóvenes ya no atraviesan el desierto en dromedario en busca de
sal con la que comerciar. La obligatoriedad de escolarizar a los niños les
forzó a asentarse. Las jaimas fueron remplazadas por casas de ladrillos y descubrieron
la necesidad del agua corriente y la electricidad. El oasis de Kébili es un
vergel en el que brotan plátanos, ciruelas, sandías, uvas, melocotones… El almuerzo
con el que nos agasajaron no estuvo nada mal.
Llegamos a Douz con la promesa de descubrir la Puerta del Desierto, aunque sospecho que hay más lugares a los que
llaman igual. Es un lugar preparado para el disfrute del turista europeo
ansioso por admirar, ahora sí, ese desierto que todos tenemos en la
imaginación. El paisaje es realmente sobrecogedor. Uno puede quedarse mirando
el horizonte y abstraerse ante esa inmensidad como quien se queda embobado
frente al mar. Por lo demás, Douz está preparada para sacarle los cuartos al
visitante. Hacen bien. Paseos en dromedario, quads, espectáculos de tuaregs, hoteles con piscina… Lo que viene a
ser una zona turística gestionada, eso sí, por empresarios extranjeros. El que
ofrecía sobrevolar el desierto en avioneta era alemán.
De regreso a Gábes pasamos por Matmata, famosa por ser escenario de la
saga de la Guerra de las Galaxias. En los montes previos a la ciudad nos
sorprendió una puesta de sol que bien parecía sacada de una película. Así pues,
hicimos parar el autobús para contemplarla. No soy una persona religiosa, pero
debo admitir que a veces uno encuentra lugares que parecen albergar una cierta
espiritualidad y te invitan al recogimiento. Creo que hubo quien se puso a
rezar. Otros hicieron yoga. Yo preferí dejar que mi mirada se perdiera en
silencio entre aquellos montes superpuestos
de cumbres redondeadas.
Muchos de los habitantes de esta región viven en casas excavadas en roca,
a las que llaman “casas de trogloditas” y, claro, con semejante nombre el
turista no se puede resistir a conocerlas. No todos reciben de buen grado al
visitante y hay quien, incluso, le amenaza con apedrearlo. Supongo que a nadie
le gusta que un extraño se asome a su ventana y le saque fotos mientras descansa
en su hogar, por llamativo que éste sea. Otros, en cambio, se prestan a esa
exposición a cambio de unas monedas y uno tiene la sensación de que,
efectivamente, ha invadido la intimidad de una familia. La pobreza es la
responsable de que te abran la puerta y posen como posa un animal en un zoo. No
lo harían si no tuvieran necesidad.
Al día siguiente, ya en Gabés, nos despedimos de nuestros anfitriones con
una emotiva fiesta. Es curioso cómo uno puede llegar a empatizar con la gente
sin necesidad de hablar su idioma. La música y el baile no son sólo formas de
entretenimiento; son también poderosos instrumentos de interacción y
comunicación. Después emprendimos viaje hacia al noroeste de Túnez, pero esto
lo contaré en el siguiente artículo.
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